Vicenç Navarro Pensamiento Crítico El compromiso del nuevo Papa con los pobres

Vicenç Navarro
Pensamiento Crítico
El compromiso del nuevo Papa con los pobres
07/04/2013

Counterpunch es una de las revistas digitales más conocidas e influyentes en círculos progresistas de EEUU. Su contenido es diverso y goza de una gran credibilidad debido al rigor de sus artículos. Esta revista acaba de publicar un dossier sobre el sacerdote argentino Jorge Mario Bergoglio (más tarde elegido Papa por el Cónclave de Cardenales), escrito por Nancy Scheper-Hughes, profesora de antropología de la Universidad de California, Berkeley, y autora de varios libros sobre la represión en varios países de Latinoamérica y muy en especial en Brasil (Death Without Weeping: The Violence of Everyday Life in Brazil) y en Argentina (The Ghosts of Montes de Oca: Naked Life and the Medically Disappeared – A Hidden Subtext of the Argentine Dirty War). Conocida por su rigor y por su detallismo, transcribe y escribe sobre los interrogatorios hechos a Jorge Mario Bergoglio por tribunales argentinos (a raíz de la represión realizada por la Dictadura argentina) y profundiza en su pensamiento, analizándolo dentro del contexto político en el que este se desarrolló.

La profesora Scheper-Hughes presenta a Bergoglio como uno de los dirigentes jesuitas en América Latina que se opuso a la Teología de la Liberación, que estaba bastante extendida entre los jesuitas en América Latina. Éstos habían mostrado en varios países de aquel continente su simpatía por lo que llamaban la Teología de la Liberación de los pobres, facilitando su organización en comunidades de base que pudieran resistir y liberarse de las fuerzas que los explotaban y oprimían. Este movimiento nació en 1968 en Medellín (Colombia). Ni que decir tiene que tal movimiento estaba influenciado por los movimientos sociales, tanto en el campo (entre los campesinos sin tierra) como en las ciudades (entre los obreros sin trabajo) que, con sus agitaciones, estaban amenazando las estructuras de poder con la cuales la jerarquía de la Iglesia católica se había siempre identificado en aquel continente.

En realidad, la religión católica, interpretada por la jerarquía de la Iglesia, constituía la ideología que proveía cohesión social a tales estructuras. El general Jorge Videla, el dictador en Argentina, era profundamente religioso, muy influenciado y próximo al Opus Dei, la parte de la Iglesia más próxima a la dictadura fascista española, que también influenció a un gran número de dictaduras de América Latina, amenazadas todas ellas por tales movimientos. Es en este contexto en el que el Obispado argentino había justificado su apoyo al golpe militar, pues creía que este había parado la posibilidad de que surgiera un régimen marxista. La jerarquía de la Iglesia argentina fue, en su gran mayoría, cómplice de aquella dictadura militar. Esta complicidad era por activa (con apoyo explícito a la dictadura) o por pasiva (permaneciendo en silencio frente a los horribles crímenes cometidos durante la dictadura, incluido el asesinato y desaparición de 30.000 personas).

Nancy Scheper-Hughes detalla varios casos de estos silencios, que incluían muchas ambigüedades de Bergoglio, en los posteriores interrogatorios a los cuales fue sometido durante el periodo democrático (ver también mi artículo sobre el nuevo Papa en Público, “Las contradicciones del nuevo Papa”, 21.03.13).

Pero lo que es importante en lo que escribe esta autora, que ha entrevistado a un gran número de personas, tanto víctimas de la represión como figuras religiosas próximas al jesuita, es que su aproximación a la religión es profundamente mística, muy cercana a la del Papa anterior, cuyos postulados dogmáticos interpretaba de la misma manera. Ni que decir tiene que su estilo es profundamente distinto, pero su tipo de religiosidad era muy próxima a la del Papa anterior y a la del Papa Juan Pablo II. Su compromiso con el pobre estaba imbuido de tal misticismo, encontrándose incómodo (incluso hostil) frente al compromiso terrenal, de tipo organizativo, que consideraba político y, por tanto, impropio del sacerdocio. Esta situación le puso en una postura de confrontación con muchos otros jesuitas, incluidos Orlando Yorio y Francisco Jalics, que tenían una visión de proximidad, apoderando a los excluidos y pobres mediante su desarrollo colectivo de tipo comunitario y que implicaba un compromiso político. Su desacuerdo llegó al nivel de que Bergoglio, siendo su superior en la Orden de Jesuitas, les quitó la protección que tenían como miembros de la Compañía de Jesús, dos semanas antes de que fueran detenidos y torturados por los marines de la Armada. Fue esta expulsión la que dio luz verde a la dictadura para que los detuvieran. Era imposible que Bergoglio no conociera el riesgo que tal decisión implicaba para los jesuitas. Él era consciente de que la dictadura y las fuerzas conservadoras argentinas veían a los sacerdotes y a las monjas que trabajaban en las comunidades pobres (facilitando su liberación terrenal) como enemigos y terroristas, lejanos a la sensibilidad religiosa representada por Bergoglio.

En realidad, Bergoglio estaba en minoría dentro de la comunidad jesuita. En El Salvador, Guatemala, Perú, Colombia o Brasil, hubo jesuitas que habían protestado frente a los horrores de las dictaduras, pagando con su vida en muchos de estos países. El caso más conocido fue en El Salvador, en la Universidad Centroamericana, donde seis jesuitas fueron asesinados por miembros del Ejército en 1989. En realidad, nada menos que el superior de los jesuitas, el Sr. Pedro Arrupe, en 1975 había redefinido la misión de la Orden de Jesuitas, considerando como su prioridad el apoyo a la justicia social, misión que implicaba un enfrentamiento con las dictaduras existentes en el Cono Sur y en Centroamérica.

De ahí el escepticismo que Nancy Scheper-Hughes tiene sobre el llamado compromiso con los pobres que el nuevo Papa está subrayando como su eje central. En realidad, es imposible que tal compromiso se realice sin que lleve al que lo sostiene a oponerse a las causas de la pobreza. Y, hasta hoy, parece que ha actuado más para frenar que para estimular a aquellos que luchan para eliminar la pobreza.

Ni que decir tiene que el cambio de estilo y de actitud que el nuevo Papa representa en comparación con el anterior, es un cambio valioso que creará un gran enfrentamiento con la jerarquía de la Iglesia, como gran parte de la española. Ahora bien, ésta está tan a la derecha, en realidad, ultraderecha, que la sociedad española no debería evaluar al Papa por su distancia de la jerarquía actual, sino por su coherencia en su noble compromiso con los pobres. Tal compromiso exige apoyar a aquellos que quieren eliminar la pobreza. Y hasta ahora, tal dimensión está poco visible en su biografía y en su escaso apoyo, en realidad oposición, a aquellas monjas y sacerdotes que fueron coherentes en su compromiso.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University

El Vaticano cerca de una encrucijada crítica con la Conferencia de Lideres de Religiosas de Estados Unidos

El Vaticano cerca de una encrucijada crítica con la Conferencia de Lideres de Religiosas de Estados Unidos (LCWR-Leadership Conference of Women Religious)
Editorial del National Catholic Reporter
Kansas City, Missourí. Estados Unidos.
19 de Abril de 2013

“Una Iglesia que no sale de sí misma, tarde o temprano, se enferma por el aire malsano del encierro” escribió el papa Francisco, en una carta que envió el jueves a sus compañeros obispos argentinos. Es un mensaje similar al que dedicó a los cardenales antes del cónclave y que impresionó tanto, que lo eligieron obispo de Roma. En esta nueva nota comentó, que en esa salida de sí misma, la Iglesia tiene siempre el riesgo de caer en “accidentes, pero prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma”.

Una Iglesia accidentada dispuesta a correr riesgos en los márgenes dedicada al servicio de los más necesitados… una Iglesia trabajando por la misericordia, la paz y la justicia… Una Iglesia que se parece mucho a la que han construido las religiosas americanas en las últimas décadas. No sólo las americanas sino las religiosas en el mundo entero. Son las personas que viven cerca de los marginados, las que trabajan en la periferia; son las mujeres que están en el lugar que quiere el Papa para su Iglesia.

¿Cual ha sido su premio? ¿Las han ayudado? ¿Las han felicitado las jerarquías eclesiásticas? No, sino todo lo contrario. Estas mujeres llenas de fe, han sido con frecuencia cuestionadas y manchadas con acusaciones de presunta infidelidad. Lo más irónico de la cuestión es que las acusaciones han venido de las filas de los varones que han infligido a la Iglesia el mayor daño, repitiendo patrones de cubrir a los que cometieron abusos sexuales. Los cristianos deben estar dispuestos a sufrir persecuciones y siendo voz para los pobres, los marginados, homosexuales y las mujeres jóvenes embarazadas no es improbable que lo sean. Las religiosas han trabajado incesantemente para asistir y representar a todas estas personas sin voz.

Aunque las persecuciones vienen de trabajar y vivir en esta Iglesia de “accidentada”, no habría que esperar que los ataques vinieran del propio clero, pero es lo que ha pasado. Parapetados tras exageradas acusaciones de infidelidad, algunos obispos lo que han demostrado es ignorancia y en el proceso han abusado de su autoridad, que era lo más fácil. La “toma” de la LCWR por la Congregación Vaticana de la Doctrina de la Fe tras una larga “evaluación doctrinal”, para los católicos ha significado, mucho menos, un tema doctrinal y, mucho más, una obediencia episcopal.

Las propias religiosas así lo ven. Y muchos nos damos cuenta de que muchos prelados se sienten incómodos con mujeres, con lo que se apartan de ellas. La consecuencia de este comportamiento es que se incrementan el miedo y los malentendidos. Solo abiertas discusiones, al mismo nivel, pueden devolver a la Iglesia su salud. Necesitamos conversaciones en las que los varones y mujeres católicos, religiosos, clero y laicos, puedan expresarse con libertad en un espíritu de ayuda mutua para su fe y su vida. Sería una experiencia sanadora y se tiene que realizar en todas las diócesis del país. Constituiría un buen paso.

Nuestras religiosas son las más teológicamente educadas de la historia de la Iglesia. Las diferencias de su pensamiento con el de los obispos no tienen mucho que ver con la fe y la doctrina, sino con la estructura eclesial, las aplicaciones de la enseñanza de la Iglesia y la misión. En todo lo demás, hay un gran fondo de común acuerdo.

El primer paso es reconocer que las mujeres tienen los impulsos necesarios para devolver a la Iglesia “enferma”, de la que habla el Papa, la salud. Sin su participación comprometida en las discusiones, hay poca esperanza de que se pueda recobrar la lozanía. Más fundamental es que la discusión entre el Vaticano y la LCWR, al final nos hace preguntarnos si el sistema actual de decisiones de varones clérigos es capaz de sostener la vida de la Iglesia del siglo XXI. Muchas personas, piensan que no es posible.

El camino que ha tomado el Vaticano de impedir a las religiosas de escoger su modo de vida y el deber de contar con la colaboración de los obispos, amenaza la vida de la Iglesia. Con lo que al final es un asalto a todos los católicos y a todas las mujeres. Estamos pasando un momento peligroso. La controversia que se manifiesta entre el Vaticano y las religiosas plantea una cuestión: ¿puede nuestra Iglesia mantener a mujeres expertas en teología, entre el pueblo? Es más ¿puede atraer a este tipo de mujer dedicada? Las estamos perdiendo a una velocidad mayor de la esperada y para constatarlo no hay más que preguntar a cualquier padre de una hija joven.

La evaluación del Vaticano sobre la LCWR, parece que de momento, ha contado con la aprobación del Papa, lo que supone un golpe a su interés de restaurar comunidad y salud a la Iglesia. Si el Vaticano insiste en su “toma “ de la LCWR, el grupo no tendrá más remedio que terminar su relación canónica con la institución pues la votación, prácticamente unánime, que se celebró en agosto decidió continuar el diálogo con los obispos, en la medida que el esfuerzo no comprometiera la integridad de la LCWR. Pues al final no se trata de obediencia sino de dignidad y derechos de las personas en la Iglesia, que nacen en el bautismo.

Nos estamos aproximando peligrosamente a un punto de ruptura, lo que algunos celebrarán, pero su satisfacción será bien corta. Esa ruptura mandará una señal, que se propagará a lo largo de la Iglesia y es que la más importante federación de las religiosas de USA han concluido, que la fidelidad a su conciencia y a los valores del evangelio, requieren separación. Sería un duro golpe para todos los católicos.

La LCWR, canónica o no, en realidad o en espíritu, continuará a servir a nuestras comunidades con religiosas y a través suyo, a las necesidades de los seres humanos. Seguirán siendo católicas a pesar de los esfuerzos de algunos por colocarlas fuera. Habrán concluido su dedicación a la Iglesia para dedicarse a una misión que exige su separación. Acusaciones y contraacusaciones continuarán, pero una honesta evaluación encontrará que las mujeres actuaron siguiendo los mandatos más profundos de su alma, dentro de un espíritu de comunidad, dedicación y amor. También descubrirá que el problema final no tenía nada que ver con la doctrina, sino con la fidelidad a los ideales del Evangelio, los mismos que el Papa Francisco predica todos los días,

http://ncronline.org/node/50081

La Iglesia no se arregla sólo cambiando de zapatos José Mª Castillo, 09-Abril-2013

La Iglesia no se arregla sólo cambiando de zapatos

En todo el mundo han sido noticia las nuevas costumbres que el papa Francisco ha introducido en la imagen pública que el sucesor de Pedro ofrece ante el mundo. Nadie duda ya que el papa se parece cada día más a un hombre normal, sin los zapatos rojos de Prada y cada vez con menos indumentarias de ésas, tan llamativas como trasnochadas. Por supuesto, esto es de elogiar, Y expresa que este papa tiene una personalidad fuerte, original, ejemplar. Un papa es importante, no por su imagen pública, sino por su ejemplaridad. Es evidente que el papa Francisco tiene esto muy claro. Por eso lo admiramos, lo aplaudimos, lo sentimos más cerca. Y esperamos mucho de él.
Por supuesto, yo no soy quién para decirle al papa lo que tiene que hacer. ¿Quién soy yo para eso? De todas maneras, y con toda la modestia y humildad que me es posible, me atrevo a sugerir que solamente con simplificar la vestimenta y modificar algunas costumbres, se puede pensar que la Iglesia no se arregla. Será noticia, eso sí. Sobre todo entre personas y grupos más tradicionales. Algunos ya han puesto el grito en el cielo porque, el pasado jueves santo, el papa Francisco se atrevió a lavar los pies de dos mujeres. Da pena pensar que haya gente que, por semejante cosa, se alarmen tanto. ¿No sería más razonable pensar a fondo dónde está la raíz de los verdaderos problemas que sufre la Iglesia? Y, sobre todo, los problemas que sufre tanta gente desamparada, marginada y sin esperanzas de futuro?
Pues bien, planteada así la cuestión, lo que yo me atrevo a sugerir es que el la raíz de los problemas, que arrastra la Iglesia, no está en la imagen pública que ofrece el papa. La raíz está en la teología que enseña la Iglesia. Porque la teología es el conjunto de saberes que nos dicen lo que tenemos que pensar y creer sobre Dios, sobre Jesucristo, sobre el pecado y la salvación, etc, etc. Ahora bien, como sabe cualquier persona medianamente cultivada, la teología sigue siendo un conjunto de saberes que se han quedado demasiado trasnochados. Porque son ideas y convicciones que se elaboraron y se estructuraron hace más de ochocientos años. Y, como es lógico, en una cultura como la actual, cuando la mentalidad de la casi totalidad de la gente tiene otros problemas y busca otras soluciones, ¿nos vamos a extrañar de que las enseñanzas del clero interesan poco y cada día a menos personas? Yo estoy de acuerdo en que Dios es siempre el mismo. Y no se trata de que la gente de cada tiempo se invente el “dios” que le conviene a la gente de ese tiempo. Nada de eso. Se trata precisamente de todo lo contrario. Se trata de que nos preguntemos en serio si lo que enseñamos, con nuestras teologías y nuestros catecismos, es lo que Dios nos ha dicho. O más bien lo que enseñamos es lo que se les ha ido ocurriendo a una larga serie de teólogos, más o menos originales, que, en tiempos pasados, dijeron cosas que hoy ya sirven para poco.
Termino poniendo un ejemplo, que ilustra lo que intento explicar. En el “Credo” (nuestra confesión oficial de la fe), empezamos diciendo: “Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso”. Eso es lo que enseñó el primer Concilio ecuménico, el de Nicea (año 325). De otros calificativos, que se le podían haber puesto al Dios de nuestra fe, se escogió el de “todopoderoso”, Es decir, si optó por el “poder”, no por la bondad o el amor, que es como el Nuevo Testamento define a Dios (1 Jn 4, 8. 16). Pero no es esto lo que ocasiona más dificultades. El problema principal está en que, si se lee el texto original del concilio, el griego, lo que allí se dice es que los cristianos creemos en el “Pantokrátor”, que era el título que se atribuyeron a sí mismos los emperadores romanos de la dinastía de los “antoninos” (del 96 al 192), que dominaron la edad de oro del Imperio, y se igualaron a los dioses. Ahora bien, el “Pantokrátor” era el amo del universo, el dominador absoluto del cosmos. Una manera de hablar de Dios que poco (o nada) tiene que ver con el Padre que nos presentó Jesús. Y conste que este ejemplo, siendo importante, es relativamente secundario. Sin duda alguna, la teología necesita una puesta al día, que implica problemas mucho más graves que los zapatos del papa. Vamos a intensificar nuestra fe y nuestra esperanza en que el papa Francisco va a dar pasos decisivos en este sentido. En ello, los creyentes nos jugamos más de lo que seguramente imaginamos. zapatos

Las esperanzas del II Concilio Vaticano se estrellaron contra una ortodoxia implacable por Juan Goytisolo

EL PAIS OPINIÓN
A propósito del Concilio
Las esperanzas del II Concilio Vaticano se estrellaron contra una ortodoxia implacable

JUAN GOYTISOLO 13 MAR 2013

Miles de fieles desafían a la lluvia en San Pedro. / CIRO FUSCO (EFE)

En un conciso y contundente artículo publicado en este diario Juan José Tamayo, al evocar la amnesia colectiva sobre los 36 años de poder autoritario de Ratzinger, fruto de la sorpresa y emoción provocados por su inesperada renuncia, desgranaba la lista de sus resoluciones y condenas inquisitoriales, primero como arzobispo de Múnich y luego como Pontífice, de los teólogos abiertos a los aires del tiempo, y su humillante menosprecio de las mujeres a las que negó el acceso al sacerdocio y redujo como sus antecesores, en virtud de una bien asentada misoginia, al mero papel de complemento del hombre (el cuento de la costilla y el de la maldita manzana, ya se sabe). Las esperanzas despertadas por el Segundo Concilio Vaticano se estrellaron contra el muro de una ortodoxia implacable con los seguidores de las enseñanzas humildes de Cristo. Muy significativamente el Papa ya emérito se esforzó en atraer a la congregación de los fieles a los seguidores de la secta ultramontana de monseñor Lefebre mientras anatematizaba a los curas y seglares comprometidos con la lucha contra la pobreza y a los representantes de la teología de la Liberación.
En verdad, Benedicto XVI no hubiera podido hacer gran cosa frente al poder de la burocracia eclesiástica y el absolutismo de la monarquía vaticana, cuya opacidad y poder sin límites no tiene hoy día equivalente alguno fuera de la teocracia saudí. El secretismo e intolerancia reinantes durante siglos de supuesta infalibilidad papal no pueden ser puestos en tela de juicio sin provocar el derrumbe de todo un sistema y un aparato de gobierno que nada tienen que ver con la figura y palabra de Jesús. Si la doctrina de Marx sobre la dictadura del proletariado necesaria para la consecución del ideal igualitario condujo a su sustitución por la del Comité Central del Partido, la de este por la de su Buró Político y la del último por la de un omnímodo secretario general de la índole de Stalin, la enseñanza de Cristo engendró al hilo del tiempo una casta eclesiástica investida de un poder divino y terrenal cuya crueldad en tiempos del Santo Oficio (hoy Congregación para la Doctrina de la Fe) no tendría nada que envidiar a la del líder soviético. Juan José Tamayo ha tenido la suerte de nacer en el siglo XX y consagrarse a la teología e historia de las religiones en un país democrático: de otro modo habría conocido el trato poco amable de las mazmorras inquisitoriales y Menéndez Pelayo le habría dedicado un jugoso capítulo en su Historia de los heterodoxos. En corto: el edificio sustentado por 20 siglos de una todopoderosa máquina estatal no admite cuanto atente a los fundamentos de la auctoritas. En la Iglesia católica no cabe un informe Kruschev y menos aún unas innovaciones suicidas como las de Gorbachov. La autocrítica no existe en el dogma, carece de base jurídica. El doble poder terrenal y divino no tolera el libre juicio de las ovejas descarriadas, de los fieles no sujetos a su jurisdicción estricta.
La existencia de valores espirituales independientes de la autoridad eclesiástica fue objeto de condena y castigo por espacio de siglos. El misticismo y la preminencia de la oración mental sobre la liturgia y las formas exteriores del culto no han sido nunca de recibo a menos que se confinen, como hizo precavidamente San Juan de la Cruz, en los muros de un convento reservado a una elite espiritual. La historia del Santo Oficio se cifra en un vasto archivo que abarca no sólo a los descreídos y protestantes sino también a quienes vivían en comunión con Cristo fuera de toda liturgia y a cuantos se atrevían a pensar por su cuenta: ayer los erasmistas y hoy los teólogos como Juan José Tamayo.
La corrupción reinante en el mercadeo romano puesta en evidencia en las feroces luchas por el poder, lavado de dinero en el Banco Vaticano, conexiones con la Mafia, amenazas de muerte a prelados y abusos pederásticos revelados por los vatileaks es la “suciedad” evocada por Benedicto XVI poco antes de arrojar la toalla. La actual degradación de la Iglesia no difiere gran cosa de la de Alejandro VI y sus sucesores, en la época retratada con gracia en La lozana andaluza y en el cáustico Concilio del amor ambientado en ella. Pero los tiempos han cambiado y la trama argumental presente ya no es la de Delicado ni siquiera la de Gide y Peyrefitte sino la de la novela negra: mafiosos sepultados en la cripta, asesinatos oscuros, suicidios sospechosos, cadáveres desaparecidos y abominaciones pedófilas cuidadosamente barridas bajo una espesa alfombra. John le Carré tiene hoy la palabra. Y, con mayor genio y humor, Fellini.
La escenografía del Cónclave debería haber ido acompañada de música de ópera, del Nabucco de Verdi o de la Cabalgata de las Walkirias de Wagner. La llegada de los cardenales papables a la escena del Sacro Colegio tendría que haber sido orquestada como la de un ballet del Bolshoi. Los creía ver asidos de la mano, siguiendo los compases musicales conforme se adentraban en la Capilla Sixtina, balanceándose y oscilando rítmicamente los pies. Bajo los murales y retablos de Miguel Ángel se despedirían del enjambre de los camarógrafos venidos del mundo entero para cabildear en secreto la elección del nuevo Vicario de Cristo que, aureolado de su infalible luz, ostentaría en adelante la tiara, redactaría breves, bulas y encíclicas, se entregaría en papamóvil a baños multitudinarios y se asomaría al balcón de la plaza romana a bendecir a los fieles. Fin de la película. ¡Apoteosis final!
Imagino el pasmo de Jesús de Nazaret ante la pompa y parafernalia eclesiásticas, la lucida guardia suiza, el solio y los flabelos. O la de millones de desheredados que creen en él y siguen en la tele un ceremonial tan anacrónico como huero. Algo de otro tiempo, pero que no puede alterarse sin cesar de existir.

La geopolítica del secreto por Ivone Gebara

La geopolítica del secretofumata
por Ivone Gebara
Teóloga brasileña

Transcurridas las primeras horas del impacto por la elección del Cardenal Bergoglio de Buenos Aires, de las primeras emociones por tener un Papa latinoamericano con expresión amable y cordial, la vida presente nos invita a reflexionar.

A pesar de su valor, los medios de comunicación también tienen el poder de distraer y adormecer las mentes, de impedir que las preguntas críticas afloren en la reflexión de la personas. En estos dos últimos días previos a la elección papal, muchas personas en Brasil y en el mundo fueron ‘tomadas’ por las emisiones en vivo y directas desde Roma. Sin duda acontecimientos históricos como los vividos estos días, ¡no se repiten todos los meses! Pero, ¿por qué ese fuerte intereses de las grandes empresas de telecomunicaciones por transmitir cada detalle de la elección del nuevo Papa? ¿A quién sirven los millones de dólares gastados en las transmisiones sin interrupción hasta la llegada del humo blanco? ¿De qué lado están esos intereses? ¿Qué intereses tiene el Vaticano para hacer posible y facilitar estas transmisiones? Estas preguntas tal vez inútiles para el gran público, siguen siendo significativas para algunos grupos preocupados por el crecimiento de la conciencia humanista de muchos/as y de nuestra propia conciencia.

Son en gran parte las empresas de telecomunicación las responsables por mantener el secreto acerca de las políticas electorales del Vaticano. El secreto, los juramentos y las sanciones por no respetarlos son parte integral del negocio. Crean impacto y hacen noticias. No se trata de una secular tradición sin consecuencias para la vida del mundo, sino de comportamientos que terminan obstaculizando e impidiendo la búsqueda de diálogo entre los grupos, o excluyendo a otros grupos de un diálogo necesario.

No se hace ninguna crítica a este sistema perverso que continúa utilizando al Espíritu Santo para el mantenimiento de posturas ultraconservadoras revestidas con aires y apariencias de religiosidad y amable sumisión. Ningún espacio se abre para que las voces disonantes puedan manifestarse, aún a riesgo de ser apedreadas, en marco de las transmisiones oficiales.

Una que otra vez aparecen pequeñas críticas esbozándose, pero pronto son ahogadas por el “status quo” impuesto por la ideología dominante.

Del nuevo Papa Francisco se dijo que usaba el transporte público, era cercano de los pobres, hacía sus alimentos y que el nombre que escogió como Papa, lo asemejaba al gran Santo de Asís.

Inmediatamente fue presentado como una figura sencilla, cordial y simpática. En la prensa católica nada se dijo de las sospechas de muchos con respecto a su postura durante la última dictadura militar argentina, de sus actuales posturas políticas, de sus posiciones contra el matrimonio igualitario y la legalización del aborto. Nada expresó de sus conocidas críticas a la teología de la liberación y de su desinterés por la teología feminista.

La figura bondadosa y sin ostentación electa por los cardenales, asistidos por el Espíritu Santo encubrió al hombre real con sus numerosas contradicciones. Hoy los diarios brasileños (Folha de São Paulo, O Estado de São Paulo) delinearon diferentes perfiles del nuevo papa, y tenemos una percepción más realista de su biografía.

Además, era posible intuir que su elección es, sin duda, parte de una geopolítica de intereses compartidos y del equilibrio de fuerzas en el mundo católico. Un artículo de Julio C. Gambina publicado en Argenpress vía internet ayer (13 de marzo de 2013), así como otras informaciones enviadas por grupos alternativos de Nicaragua, Venezuela, Brasil y especialmente de Argentina confirmaron mis sospechas. La cátedra de Pedro y el Estado Vaticano deben mover sus piedras [piezas] en el ajedrez mundial para favorecer a las fuerzas de los proyectos políticos del norte y sus aliados del sur. El sur fue de cierta forma cooptado por el norte. Un jefe político de la Iglesia, proveniente del sur equilibrará las piezas del ajedrez mundial, bastante movidas de, en los últimos años por los gobiernos populares de América Latina y por las luchas de muchos movimientos, entre ellos, los movimientos feministas del continente con reivindicaciones que atormentan al Vaticano.

Si es en el sur que algo nuevo está pasando políticamente, nada mejor que un Papa del sur, un latinoamericano para enfrentar este nuevo momento político y preservar intactas las tradiciones de la familia y la propiedad. Sin duda una afirmación como esta, rompe el encanto del momento de la elección y la emoción de ver a la multitud en la Plaza de San Pedro, irrumpiendo en aplausos y gritos de júbilo ante la figura del Papa Francisco. Muchos dirán que estas críticas suprimen la belleza de un evento tan emocionante como la elección de un papa. Quizás, pero yo creo que son críticas necesarias.

La tan sonada preservación de la evangelización como una prioridad de la Iglesia parece ser la preservación de un orden jerárquico del mundo donde rigen las élites y los pueblos aplauden en las grandes plazas, se emocionan, oran y cantan pidiendo que las bendiciones divinas, caigan sobre las cabezas de los nuevos gobernantes político-religiosos.

Es el mismo catecismo, con pocas variaciones se continúa reproduciendo. No hay ninguna reflexión, no se busca despertar conciencias, no se invita a pensar, sino más bien al manteniendo una doctrina casi mágica. Por un lado es la sociedad del espectáculo que nos invade y estimula a entrar en la disciplina del orden/desorden contemporáneo con cierta dosis de romanticismo y, por otro, la sociedad asistencialista identificada a la evangelización.

Salir a las calles para dar de comer a los pobres y orar con los presos aunque tiene algo de humanitario, pero no resuelve el problema de la exclusión social que se vive en muchos países del mundo.

Escribir sobre la “geopolítica del secreto” en tiempos de euforia mediática es echar a perder la fiesta de los vendedores del Templo, felices con sus tiendas llenas rosarios, escapularios, botellas de de agua bendita e imágenes grandes y pequeñas grandes y pequeñas de muchos santos.

El problema es que si abrimos el secreto se deshace del encanto de humo blanco, se quiebra el suspenso de un cónclave secreto que cierra al pueblo católico el acceso a la información a la que tenemos derecho, se ponen al desnudo los cuerpos purpurados con sus historias tortuosas.

Romper el secreto es romper la falsedad del sistema político-religioso que gobierna la Iglesia Católica Romana. Es quitar las máscaras que nos sostienen, para así, abrir nuestros corazones a la real interdependencia y responsabilidad entre todos nosotros. Los juegos de poder están llenos de astucia, ilusiones y hasta de buena fe. Somos capaces de impresionarnos con un gesto público de afecto o de simpatía sin preguntarnos acerca de lo ha sido la real historia de esta persona. No nos preguntamos acerca de las acciones de su pasado, su presente y sus perspectivas de futuro. Basta el momento de aparición de la simpática figura vestida de blanco para quedar impresionados. Somos capaces de emocionarnos ante la expresión cariñoso “Bona cera” (buenas noches) del papa e irnos a la cama como niños bien portados y bendecidos por el bondadosa papá. Ya no somos más huérfanos, considerando que la orfandad paterna en una sociedad patriarcal es insoportable incluso por pocos días.

Somos cómplices del mantenimiento de estos poderes tenebrosos que, al mismo tiempo, nos encantan y nos oprimen. Nosotros, especialmente aquellos con más lucidez en los procesos políticos y religiosos, somos responsables por la ilusión que estos poderes crean en las vidas de miles de personas, principalmente transmitidas por los medios de comunicación religiosos. Somos capaces de enternecernos, hasta tal punto de olvidamos de los juegos de poder, de las manipulaciones invisibles, del cultivado arte teatral, tan importante en estas ocasiones.

No podemos hacer predicciones sobre los rumbos futuros del gobierno de la Iglesia Católica Romana. Pero a primera vista no parece que podamos esperar grandes cambios en las estructuras y las políticas actuales. Cambios significativos vendrán si las comunidades cristianas católicas asumieran de hecho, la dirección del presente del cristianismo, o sea, si son capaces de expresar a partir de las necesidades de sus vidas como el Evangelio de Jesús puede ser traducido y vivido en nuestras vidas hoy.

La geopolítica del secreto tiene altísimos intereses que defender. Es parte de un proyecto mundial de poder donde las fuerzas del orden se ven amenazadas por las revoluciones sociales y culturales que se están desarrollando en nuestro mundo. Mantener el secreto es justificar que hay fuerzas superiores a las fuerzas históricas de la vida y que son más decisivas que los rumbos que le podemos dar a nuestra lucha colectiva por dignidad, pan, justicia y misericordia en medio de los muchos reveses y tristeza que nos acometen en medio del camino.

Termino esta breve reflexión con la esperanza de que nosotros no permitamos que se apague la luz de la libertad que vive en nosotros y que sigamos bebiendo en las fuentes de nuestros sueños de dignidad con lucidez, sin impresionarnos con las sorpresas que pueden parecer muy novedosas.

Después de todo es solo un Papa más, que inscribe su nombre en esta institución que, a pesar de su historia de altibajos, merecería ser transformada y repensada para el tiempo actual.

Siempre pueden ocurrir cambios y es necesario estar abierto a los pequeños signos de esperanza que irrumpen por todos lados, incluso en las instituciones más anacrónicas de nuestro mundo.

El Año de la Fe como avanzada “pancatólica”

DSCN4889

Nueva ofensiva vaticana a 50 años del Vaticano II

Nueva ofensiva vaticana a 50 años del Vaticano II Benedicto XVI y el Año de la Fe

El pancatolicismo No es algo nuevo. La pretensión hegemónica de dominio ético-cultural a nivel planetario de las cúpulas romanas-vaticanas tiene una larga trayectoria. Jamás se desprendieron de aquella costumbre de coronar a los monarcas. Costumbre nada evangélica, por cierto. Lo que significa un poder que se considera absoluto, por encima de todo otro poder. Y es simple ¿qué por encima de Dios? Juan Pablo II lo decía con mucha claridad y lo repetía de manera abundante . Es uno de los ejes de todo su pontificado. La verdad última sobre la vida del hombre la ha recibido la Iglesia y la Iglesia tiene que “ofrecerla” al mundo como un “servicio”. Solo ellos tiene la “verdadera sabiduría” que necesita “el hombre contemporáneo” . El “Año de la fe” convocado por Benedicto XVI será el marco de una nueva ofensiva pancatólica. Nosotros estamos convencidos que es la Verdad la que libera, como dijo Jesús, y no el Vaticano. Ellos, están convencidos de absolutamente lo contrario: el Vaticano libera, porque es depositario de “la” verdad. Por eso, disciplinar y adoctrinar son las consignas fundamentales. Todas apuntando a fortalecer la “cultura-identidad católica” donde se ha perdido o está en riesgo de disolución, desde la “hermenéutica correcta” del Concilio Vaticano II y obvia decirlo, la única “hermenéutica correcta” es la Vaticana, no cabe la posibilidad de “otras” hermenéuticas. El instrumento privilegiado de la avanzada será el Catecismo . Nada debe quedar fuera de los marcos éticos, morales, culturales de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Y a la fe se le debe “obediencia”. No es discutible. Hay que “someterse” . Las pretendidas corrientes que pugnan por una moral autónoma, heterónoma, que no estén bajo la tutela de ninguna religión, son solo extravíos. Algo puede la razón humana por sí misma, pero solo la obediencia a la fe podrá liberarla de sus limitaciones, y llevarla por caminos sin tropiezos hasta “el final” . Todo el género humano, el verdadero sentido de la existencia, todos los deseos de la historia, todo, absolutamente todo, tiene en Cristo su centro, su eje, su sentido, su fin . Nada tiene un valor pleno por o en sí mismo. Toda la realidad humana y la realidad cósmica solo se pueden entender en plenitud “en Cristo”. Lo que más se puede conceder a otras religiones, otras iglesias, otras filosofías, otras ideologías, otras maneras de conocer es ser “preparación para”, “anticipos de”, tan solo “semillas” de la auténtica palabra-verdad verdadera. Solo eso. El documento “El Esplendor de la Verdad”, de Juan Pablo II, no deja lugar a dudas. Absolutamente toda la verdad, no solo la estrictamente religiosa, sino también la “verdad moral”, aquella que tiene que ver con la conciencia del hombre, con sus deseos, con sus actitudes, con su manera de vivir, su manera de organizar la convivencia social, con su manera de entender el sexo, la familia, la justicia, los grandes interrogantes de la existencia humana, el fin último de la existencia personal, “el misterio del hombre”, las realidades culturales, están bajo la guía estricta de la Iglesia , caen dentro del poder normativo eclesial. Todo intento de reflexionar, pensar, sentir, vivir una “moral” , una “ética” que no se encuadre bajo la guía de la jerarquía católica, no dejará de ser, como mucho, insuficiente, precario, ambiguo, cuando no, destructivo . Esos intentos son tan solo un camino, una ayuda, un esfuerzo, pero siempre lejos de la verdad plena. Dicho de manera simple, pero no desacertada, si alguien quiere honestamente conocer la verdad, “la verdad completa”, no puede dejar de someter su sano juicio a lo que la Iglesia romana vaticana, a través del “magisterio” (palabra no inocente pero muy frecuente de documentos oficiales), diga, sentencie o sugiera . Desde estas premisas, pre-conceptos dogmáticos, cerrados, duros y, al final, posturas altaneras, se juzga la realidad y se concluye de manera categórica. La crisis de civilización es “descristianización” , una de las maneras que gustan los pontífices para referirse e interpretar todas las calamidades que sufrimos como humanidad. Se ha puesto en crisis el ordenamiento católico romano, y con ello la pérdida de los valores fundamentales que, digámoslo nuevamente, solo en Cristo tienen su plenitud . Lejos de la tutela, la mano amorosa de la “madre” Iglesia, solo queda el caos, el desconcierto, la ruina. Pablo VI, que fuera un hombre de profunda esperanza y abierto al diálogo, no dejaba de señalar que una de las características de la sociedad de su tiempo era ser “…desacralizada, sin alma, sin amor…”. Lo que significa, en buen romance, sin respeto al Dios Católico . Todos los males de este mundo en este momento histórico tienen una única razón fundamental y nítida explicación: el olvido de Dios y por ende la pérdida del sentido del pecado, de lo que está bien y de lo que está mal. Pero atentos, no de cualquier Dios, estamos hablando del Dios “único y verdadero”, que tiene sus guardianes, custodios, lugartenientes en Roma, más precisamente en el Vaticano. Por eso, la apuesta es que solo el regreso al Dios presentado por sus custodios y voceros, podrá alumbrar justicia, solidaridad y paz en cada rincón de nuestra herida humanidad y en cada rincón de la conciencia de los hombres. El Dios Católico está ausente y junto a su ausencia todos los valores morales que se han olvidado, perdido o cuestionado severamente, primero por la modernidad y luego por la pos-modernidad. Sobre todo lo relativo al sexo, al matrimonio, a la familia, a la libertad, a la conciencia personal, a los derechos humanos. Si el mundo se convirtiera nuevamente al Dios Católico, tratando de vivir según sus preceptos y mandatos, bien derecha andaría la humanidad perdida. Hay que superar la cultura “secularizada”, el “olvido de Dios” , de lo contrario no encontraremos el destino de la historia y el sentido de la existencia humana sería un “enigma insoluble” (Cfr. Fides et Ratio n° 12) A recuperar este lugar perdido apunta la convocatoria a una “nueva evangelización”, tema del próximo XIII Sínodo de Obispos de todo el mundo, en el marco del “Año de la Fe”. Se trata de una estrategia bien diseñada, con tiempo, con documentos, con consultas. Esta “metodología” minuciosa del vaticano es envidiable, dicen los “Lineamenta” (doc. Preparatorio para el Sínodo): “…después de haber consultado al Episcopado de todo el mundo y después de haber escuchado al Consejo ordinario de la Secretaria General del Sínodo de los obispos, he decidido dedicar la próxima Asamblea General Ordinaria, en 2012, al siguiente tema: Nova evangelizatio ad christianam fidem tradendam, La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” . O sea, un Sínodo preocupado por la “doctrina” (la fe) y no por los empobrecidos de este mundo. Es una apuesta mayor a la de la “Cristiandad”. Aquellos que soñaron y apostaron a constituir un mundo cristiano, una civilización cristiana, una cultura mundial cristiana, entendían que los valores humanos encontrados en el cristianismo eran suficiente fuente para dejar atrás odios, enemistades y guerras fratricidas. Una civilización nutrida del impulso moral cristiano es suficiente para construir, en lenguaje más eclesial, la “civilización del amor”. Pero eso no alcanza. Los “valores cristianos” solo se pueden presentar, entender, creer, asumir, vivir, desde la comprensión que tiene el Vaticano. No se trata de cualquier cristianismo, se trata del vaticano-romano. Se valoran los intentos sanos de otras corrientes y comunidades cristianas, incluso de religiones no cristianas, para señalar sus propios códigos éticos, pero son solo eso, “intentos sanos”. Solo la fe, la “revelación”, tal como la presenta la iglesia católica, “purifica” la razón . De lo contario, se pierde en el error, el desvarío, las tentaciones “mundanas”. La reciente condena de la Congregación para la Doctrina de la Fe que ha dictaminado que la Hna. Margaret Farley “se aleja de la doctrina católica sobre el papel del magisterio y sobre la moral sexual enseñada por la iglesia en relación a la masturbación, los actos homosexuales, las uniones homosexuales, la indisolubilidad del matrimonio y el problema del divorcio seguido de nuevas nupcias civiles” son solo un dato más de este intento de encorsetar la conciencia de la humanidad bajo los criterios morales católicos, porque, de lo contrario su “divulgación podía causar grave daño a los fieles”. Por todo esto no debe extrañarnos cuando el episcopado argentino pone toda la carne en el asador para que cada ley de la democracia argentina se adecue a su pensamiento. Las presiones sobre las reformas al Código Civil, como lo fueron las ejecutadas sobre la Ley del Matrimonio Igualitario y mucho antes frente a la ley de divorcio civil, son también solo un botón de muestra de este intento “pancatólico”. Intento condenado al fracaso en una humanidad que no necesita de “expertos iluminados” que deban señalar autoritariamente lo que se debe o se puede hacer o dejar de hacer. Una humanidad que ya aprendió a caminar buscando sus propios caminos y criterios para vivir, respetando la pluralidad de voces, de intentos, de búsquedas. Una humanidad que tiene mucho que cuidar de sí misma, pero que sabe que no será sometiéndose a ningún autoritarismo que podrá lograr mayor dignidad y libertad. Al contrario.

Pbro. Nicolás Alessio, teólogo Setiembre 2012

MODERNIDAD Y PREMODERNIDAD EN EL VATICANO Juan José Tamayo

MODERNIDAD Y PREMODERNIDAD EN EL VATICANO

Juan José Tamayo

Director de la Cátedra de Teología de la Universidad Carlos III de Madrid

(EL PERIODICO DE CATALUNYA, 9 de marzo de 2013)

            En el Vaticano conviven hoy dos tendencias no fácilmente armonizables: la espectacular representación de la dimisión y despedida del Papa, y el funcionamiento premoderno de la institución eclesiástica.  Es lo que llamaría el filósofo de la esperanza Ernst Bloch la “no-contemporaneidad”. Lo estamos viendo y viviendo estos días, y lo seguiremos comprobando hasta que se produzca la elección del nuevo Papa.

La dimisión, contra todo pronóstico, y la despedida, producida con gran celeridad,  han contado con un estética impecable, diseñada por el propio papa hasta los mínimos detalles: el nombre a dar al dimisionario, el tratamiento a recibir, la ropa a vestir, los zapatos a calzar, el servicio femenino por el que va a ser atendido, el juego de luz de la despedida del atardecer del 28 de febrero con el helicóptero sobrevolando la cúpula del Vaticano, las decenas de miles de personas despidiendo al papa en la plaza de san Pedro, las miles de personas para recibirlo en Castelgandolfo a su llegada.

Era lo más parecido a la despedida en vida de una estrella. Todo un espectáculo transmitido en directo donde nada desentonaba. El diseño fue perfecto con los medios técnicos más modernos, sin reparar en costes económicos. Pareciera que la crisis que azota a la sociedad italiana se hubiera detenido en el Vaticano y no le afectara. A todo esto cabe añadir la impresión de la gente más crédula que decía ver en el helicóptero sobrevolando el cielo romano el revoloteo del Espíritu Santo por la cúpula del Vaticano asistiendo a la Iglesia en sede vacante. ¡La tercera persona de la Santísima Trinidad, no en forma de paloma sino a modo de helicóptero: el extremo de la posmodernidad!

Esta representación contrasta con la premodernidad del Vaticano -cuyo reloj pareciera haberse detenido en el Medioevo-, que se manifiesta en la organización, la doctrina y la moral de la Iglesia católica, que es la monarquía más longeva de la historia. Ella conserva intactas las estructuras del Antiguo Régimen con un dirigente que detenta el poder absoluto, tiene el título de Vice-Cristo y está investido de un atributo que ningún otro poderoso ha osado reclamar: la infalibilidad. Tiene carácter estamental: clérigos-laicos, jerarquía-pueblo cristiano, Iglesia docente-Iglesia discente. Posee una estructura patriarcal: las mujeres no son consideradas sujetos morales ni eclesiales; a ellas no se les reconoce capacidad para ejercer funciones sacerdotes y directivas, alegando para ello que esa fue la voluntad de Cristo al “fundar la Iglesia”.

La mejor representación de la premodernidad de la Iglesia católica es la institución del cónclave: 115 príncipes de la Iglesia, nombrados por los dos papas anteriores, elegirán al “Vicario de Cristo”. No creo que, con esa forma de elección, el nuevo papa se considere representante de los cerca de 1200 millones de católicos de mundo. Si quiere serlo deberá cambiar las normas de elección e iniciar un proceso de democratización de la Iglesia desde abajo. De lo contrario sólo representará a los 115 que lo han elegido. Y esa me parece una representación muy exigua para lo numerosa que es la Iglesia.Benedicto

Ivone Gebara “La elección del nuevo papa y el Espíritu Santo”

La elección de un nuevo papa y el Espíritu Santo

 Ivone Gebara (monja brasileña) – Febrero 2013

Después de la encomiable actitud del anciano Benedicto XVI renunciando al gobierno de la Iglesia Católica Romana se sucedieron entrevistas con algunos obispos y sacerdotes en estaciones de radio y televisión en todo el país. Sin duda un evento de tanta importancia para la Iglesia Católica Romana es noticia y conduce a predicciones, elucubraciones de variados tipos, sobre todo de sospechas, intrigas y conflictos entre los muros del Vaticano que habrían acelerado la decisión del Papa.

En el contexto de las primeras noticias, lo que me llamó la atención fue algo a primera vista pequeño e insignificante para los analistas que tratan asuntos del Vaticano. Se trata de la forma cómo algunos padres entrevistados o sacerdotes conductores de programas de televisión respondieron cuando se les preguntó sobre quién sería el nuevo Papa, saliendo por la tangente. Se referían a la inspiración del Espíritu Santo, o a su voluntad, como siendo el elemento del que dependía la elección del nuevo romano pontífice. Nada de pensar en personas específicas para responder a las situaciones mundiales desafiantes, nada para despertar una reflexión en la comunidad, nada de hablar de los problemas actuales de la iglesia que la han llevado a un significativo marasmo, nada que escuchar los clamores de la comunidad católica por la democratización de las estructuras anacrónicas que sostienen a la iglesia institucional.

La formación teológica de estos padres comunicadores no les permite salir de un discurso trivial y abstracto ya bien conocido, discurso que continúa recurriendo, como explicación, a fuerzas ocultas, y así, de cierta forma, confirmar su propio poder.

La continua referencia al Espíritu Santo a partir de un misterioso modelo jerárquico es una forma de camuflar los verdaderos problemas de la Iglesia y una forma de retórica religiosa para no revelar conflictos internos que ha vivido la institución.

La teología del Espíritu Santo continúa siendo para ellos mágica y expresando explicaciones que ya no pueden hablar a los corazones y a las conciencias de muchas personas que tienen aprecio por el legado del Movimiento de Jesús de Nazaret. Es una teología que sigue provocando la pasividad del pueblo creyente ante las múltiples dominaciones, inclusive la religiosa. Continúan repitiendo fórmulas como si éstas satisficiesen a la mayoría de la gente.

Me entristece el hecho de verificar una vez más que los religiosos y algunos laicos trabajando en los medios de comunicación no perciban que estamos en un mundo donde los discursos tienen que ser más asertivos y caracterizados por referencias filosóficas consistentes, además de la tradicional escolástica.

Un referencial humanista les haría mucho más comprensibles para el común de las personas, incluidos los no católicos y no religiosos. La responsabilidad de los medios de comunicación religiosos es enorme e incluye la importancia de mostrar cómo la historia de la iglesia depende de las relaciones e interferencias de todas las historias de los países y de las personas individuales. Ya es tiempo de abandonar ese lenguaje metafísico y abstracto, como si un Dios fuese a ocuparse especialmente de elegir al nuevo Papa, independientemente de los conflictos, desafíos, iniquidades y cualidades humanas. Ya es hora de enfrentar un cristianismo que admita el conflicto de las voluntades humanas y reconocer que al final de un proceso electivo, no siempre la elección realizada puede ser considerada la mejor para el conjunto. De enfrentar la historia de la iglesia como una historia construida por nosotros todos y todas y de testimoniar respeto para nosotros mismos/as mostrando la responsabilidad que tenemos todas/os los que nos consideramos miembros de la comunidad católica romana.

La elección de un nuevo Papa es algo que tiene que ver con el conjunto de las comunidades católicas esparcidas alrededor del mundo y no sólo con una élite de edad avanzada, minoritaria y masculina. Por lo tanto, es necesario ir más allá de un discurso justificativo del poder papal y enfrentarse a los problemas y desafíos reales que estamos viviendo.

Sin duda, para esto las dificultades son muchas y abordarlas requiere de nuevas convicciones y del deseo real de promover cambios que favorezcan la convivencia humana.

Me preocupa una vez más, que no se discuta más abiertamente el hecho que el gobierno Iglesia institucional sea entregado a personas ancianas que a pesar de sus cualidades y sabiduría, ya no son capaces de hacer frente con vigor y desenvoltura los desafíos que estas funciones demandan. ¿Hasta cuando la gerontocracia masculina papal será como un doble de la imagen de un Dios, blanco, anciano y de barbas blancas?

¿Habría alguna posibilidad de salir de este esquema o al menos de iniciar una discusión de cara a una futura organización diferente? ¿Habría alguna posibilidad de abrir esta discusión en las comunidades cristianas populares que tienen derecho a la información y a una formación cristiana más ajustada a nuestros tiempos?

Sabemos en qué medida la fuerza de la religión depende de desafíos y comportamientos fruto de convicciones capaces de sostener la vida de muchos grupos. Sin embargo, las convicciones religiosas no pueden reducirse a una visión estática de las tradiciones y tampoco a una visión deliberadamente ingenua de las relaciones humanas. Las convicciones religiosas igualmente no pueden reducirse a la ola de las más variadas devociones que se propagan a través de los medios de comunicación. Es más, no podemos seguir tratando al pueblo como ignorante e incapaz de formular preguntas inteligentes y astutas en relación con la iglesia.

Sin embargo, los padres comunicadores creen estar tratando con personas pasivas y entre ellas muchos los jóvenes que desarrollan un culto romántico alrededor de la figura del papa. Los religiosos mantienen esta situación a menudo cómoda por ignorancia o avidez de poder. Probar la interferencia divina en decisiones que la Iglesia Católica Jerárquica, prescindiendo de la voluntad de las comunidades cristianas esparcidas por todo el mundo es un ejemplo flagrante de esta situación. Es como si quisieran reafirmar erróneamente que la Iglesia es en primer lugar el clero y las autoridades cardenalicias a las cuales es conferido el poder de elegir un nuevo papa y que ésta es la voluntad de Dios. A los miles de fieles corresponde solo orar para que el Espíritu Santo escoja al mejor y esperar a que el humo blanco anuncie una vez más el “habemus papam“.

De manera hábil siempre están tratando de hacer escapar a los fieles de la verdadera historia, de su responsabilidad colectiva por el recurso a fuerzas superiores que dirijan la historia y a la Iglesia.

Es una lástima que estos formadores de opinión pública estén viviendo todavía en un mundo que es teológicamente y tal vez incluso históricamente, pre-moderno, donde lo sagrado parece separarse del mundo real y situarse en una esfera superior de poderes a la que sólo unos pocos tienen acceso directo. Es desolador ver cómo la conciencia crítica en relación a sus propias creencias infantiles no haya sido despertada, para su bien personal y en beneficio de la comunidad cristiana. Parece que hasta destacamos los muchos obscurantismos religiosos presentes en todas las épocas, mientras el Evangelio de Jesús continuamente convoca a la responsabilidad común de unos con los otros.

Conociendo las muchas dificultades enfrentadas por el Papa Benedicto XVI durante su corto ministerio papal, las empresas de comunicación católica sólo destacan sus cualidades, su entrega a la iglesia, su inteligencia teológica, su pensamiento vigoroso como si quisieran una vez más ocultar los límites de su personalidad y de su postura política no sólo como Pontífice, sino también, como presidente, por muchos años, de la Congregación para la Doctrina de la Fe , el ex Santo Oficio.

No permiten que las contradicciones humanas del hombre Joseph Ratzinger aparezcan y que su intransigencia legalista o el trato punitivo que caracterizaron parcialmente su persona sean recordadas. Hablan desde su elección, principalmente como un papado de transición. No hay duda que es así. Pero ¿transición hacia dónde?

Me gustaría que la encomiable actitud de renuncia de Benedicto XVI pudiese ser vivida como un momento privilegiado para convidar a las comunidades católicas a repensar sus estructuras de gobierno y los privilegios medievales que esta estructura conlleva.

Estos privilegios tanto del punto de vista económico, como político y socio-cultural, mantiene al papado y al Vaticano como un Estado masculino aparte. Pero un Estado masculino con representación diplomática influyente y servido por miles de mujeres en todo el mundo, en las diferentes instancias de su organización.

Este hecho nos invita también a reflexionar sobre el tipo de relaciones sociales de género que este Estado continua manteniendo en la historia social y política actual.

Las estructuras pre-modernas que todavía conserva este poder religioso necesitan ser confrontadas con los anhelos democráticos de nuestros pueblos en la búsqueda de nuevas formas de organización que se correspondan mejor con los tiempos y grupos plurales de hoy. Deben ser confrontadas con las luchas de las mujeres, de las minorías y mayorías raciales, de personas de diversas orientaciones sexuales y opciones, de pensadores, científicos y trabajadores de las más variadas profesiones.

Necesitan ser reelaboradas en la perspectiva de un mayor y más fructífero diálogo con otros credos religiosos y con las sabidurías esparcidas por todo el mundo.

Y para terminar, quiero volver al Espíritu Santo, a este viento que sopla en cada una/o de nosotros, este aliento en nosotros es más grande que nosotros, que nos aproxima y nos hace interdependientes con todos los vivientes.

Un soplo de muchas formas, colores, sabores e intensidades. Soplo de compasión y de ternura, soplo de igualdad y de diferencia. Este aliento o soplo no puede ser utilizado para justificar y mantener estructuras privilegiadas de poder y tradiciones antiguas o medievales, como si se tratara de una ley o una norma indiscutible e inmutable.

El viento, el aire, el espíritu sopla donde quiere y nadie debe atreverse a querer ser ni por una sola vez su dueño. El espíritu es la fuerza que nos acerca a unos con otros, es la atracción que permite nos reconozcamos cómo semejantes y diferentes, como amigas y amigos, y que juntos/as busquemos caminos de convivencia, la paz y la justicia.

Estos caminos del espíritu son los que nos permiten reaccionar ante las fuerzas opresivas que nacen de nuestra propia humanidad, los que nos llevan a denunciar a las fuerzas que impiden la circulación de la savia de la vida, quienes nos llevan a des-cubrir los secretos ocultos de los poderosos. Por lo tanto, el espíritu se muestra en las acciones de misericordia, en el pan compartido, en el poder compartido, en la cura de las heridas, en la reforma agraria, en el comercio justo, en las armas transformadas en arados, en fin, en la vida en abundancia para todas/os. Este parece ser el poder del espíritu en nosotros, poder que necesita ser despertado en cada nuevo momento de nuestra historia y ser despertado en nosotros/as, entre nosotros/as y para nosotros/as.

 

JESUS FUE AYER EN TEMPLO Y AHORA: “UN INDIGNADO”

 Ivone Gebara

El Colegio Cardenalicio

Los Cardenales, surgidos de los presbíteros de los 25 títulos o iglesias cuasiparroquiales de Roma, de los 7 (luego 14) diáconos regionales y 6 diáconos palatinos y de los 7 (en el siglo XII, 6) Obispos suburbicarios, fueron consejeros y colaboradores del Papa.

A partir del año 1150 formaron el Colegio Cardenalicio con un Decano, que es el Obispo de Ostia, y un Camarlengo en calidad de administrador de los bienes.

Desde el año 1059 son electores exclusivos del Papa.

En el siglo XII se comenzaron a nombrar Cardenales también a los prelados que residían fuera de Roma.

Desde el siglo XII, preceden a los Obispos y Arzobispos; desde el siglo XV también a los Patriarcas (Bula Non mediocri de Eugenio IV, año 1439); y, aun siendo simples sacerdotes, tienen voto en los concilios.

El número de los Cardenales, en los siglos XIII-XV, ordinariamente no superior a 30, fue fijado por Sixto V en 70: 6 Cardenales Obispos, 50 Cardenales Presbíteros, 14 Cardenales Diáconos (Constitución Postquam verus, del 3 de diciembre de 1586).

En el Consistorio Secreto del 15 de diciembre de 1958 (A.A.S., año 1958, vol. XXV, pag. 987), Juan XXIII derogó el número de Cardenales establecido por Sixto V y confirmado por el Código de Derecho Canónico de 1917 (can. 231). También Juan XXIII, con el Motu Proprio Cum gravissima, del 15 de abril de 1962, estableció que todos los Cardenales fueran honrados con la dignidad episcopal.

Pablo VI, con el Motu Proprio Ad Purpuratorum Patrum, del 11 de febrero de 1965, determinó el lugar de los Patriarcas Orientales en el Colegio Cardenalicio.

El mismo Sumo Pontífice, con el Motu Proprio Ingravescentem aetatem, del 21 de noviembre de 1970, dispuso que con el cumplimiento de los 80 años de edad los Cardenales: a) cesan de ser Miembros de los Dicasterios de la Curia Romana y de todos los Organismos Permanente de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano; b) pierden el derecho de elegir al Romano Pontífice y, por ende, también el derecho de entrar en Cónclave.

En el Consistorio Secreto del 5 de noviembre de 1973 el mismo Pablo VI estableció que el número máximo de Cardenales que tienen la facultad de elegir al Romano Pontífice se fijara en 120 (A.A.S., año 1973, vol. LXV, pag. 163). Juan Pablo II, en la Constitución Apostólica Universi Dominici gregis, del 22 de febrero de 1996, ha reiterado dichas disposiciones.

Los Cardenales pertenecen a las distintas Congregaciones romanas: se les considera Príncipes de la sangre, con el título de Eminencia; los que residan en Roma, incluso fuera de la Ciudad del Vaticano, son ciudadanos de la misma para todos los efectos (Tratado Lateranense, art. 21).

[Cfr "Note Storiche" de "Annuario Pontificio 2000"]